Azucena (Cuba) – Gira cancioneras: Paraguay y Argentina

Título del proyecto: Gira cancioneras: Paraguay y Argentina
Nombre del artista/agrupación: Annalie López Caballero (Azucena)
País: Cuba
Línea de convocatoria: Ayuda a la circulación de profesionales de la música
Año de convocatoria: 2024

La serie de conciertos Cancioneras en Paraguay y Argentina fue liderada por la cantautora cubana Azucena y el movimiento Cancioneras de Paraguay, cuya práctica artística se inscribe en la tradición de la trova latinoamericana, entendida no solo como género musical sino como forma de intervención poética y social. Su trabajo pone en el centro la memoria, la experiencia femenina y las narrativas de resistencia. En este proyecto, su figura funciona menos como solista en sentido estricto que como catalizadora de encuentros de modo tal que, con el apoyo de Ibermúsicas, la gira se propuso a la vez algo sencillo y profundamente político: poner en circulación canciones de mujeres cubanas y paraguayas, reactivando un archivo vivo que, como ellas mismas señalan, busca “preservar y difundir el patrimonio cultural femenino” a través de repertorios que cruzan tradición y contemporaneidad. Pero más que un rescate, lo que emerge es una práctica: la canción como espacio de encuentro y de memoria viva.

En Argentina, el recorrido incluyó presentaciones en Junín (en Bancá el Farol y Casa de la Cultura Clúser), Hurlingham (Territorio Cultural La Cortada) y en la ciudad de Buenos Aires, además de talleres y conversatorios dedicados al cancionero popular de trovadoras. Allí, la música se volvió también palabra compartida: instancias donde las canciones no solo se interpretan, sino que se desarman, se explican, se transmiten. En Paraguay, la trama se amplió con conciertos en Asunción y en otras localidades —La Serafina, Festiferó, la Plaza Italia en el marco del #9A—, incorporando dimensiones comunitarias y de activismo explícito.

“Creemos en el poder de la palabra, la música y el encuentro como formas de reparación colectiva”, afirman las organizadoras a propósito de su participación en la jornada de solidaridad con víctimas y sobrevivientes de violencia sexual. La frase no funciona como consigna vacía: en la Plaza Italia, la música se inscribe en una escena mayor, donde el canto acompaña procesos de memoria, escucha y visibilización. Allí, la trova —género históricamente ligado a la crónica íntima y política— recupera una de sus funciones más antiguas: la de nombrar lo que duele y, al hacerlo, volverlo compartible.

Hubo en esta gira un diálogo que desborda lo estrictamente musical. Las canciones cubanas, atravesadas por la tradición de la nueva trova, se encontraron con las derivas paraguayas y argentinas en un terreno común: el de la canción como dispositivo de resistencia. No es casual que, en paralelo a los conciertos, se hayan tejido vínculos con colectivos como Mujer Trova o redes de solidaridad con Cuba. Como señalan desde el proyecto, uno de los logros centrales fue el “intercambio cultural efectivo” y la “consolidación de redes culturales” entre artistas y organizaciones de distintos países.

Ese entramado se vuelve visible también en los nombres propios que emergen en el recorrido: artistas como Paula Ferré, Luli Maidana o Flor Sandoval aparecen no como figuras aisladas, sino como parte de una constelación de voces que se reconocen y se potencian mutuamente. “Fue demasiado importante esta beca y toda la red de mujeres cantoras por Latinoamérica”, sintetizan, subrayando que la experiencia no se agota en los escenarios, sino que se proyecta en colaboraciones futuras —como la grabación de nuevas canciones o la extensión de la gira hacia Bolivia.

En este sentido, la movilidad que habilita Ibermúsicas no es sólo logística: es, sobre todo, relacional. Permite que estas músicas —muchas veces situadas en circuitos locales o alternativos— entren en contacto, se transformen en el intercambio y construyan un espacio común latinoamericano que no preexiste, sino que se hace en el andar.

Quizás ahí radique uno de los aspectos más interesantes de la gira de Azucena: en su capacidad de articular lo íntimo y lo colectivo, lo artístico y lo social, lo planificado y lo contingente. Como si cada cambio de sala o cada desvío del itinerario confirmara, en última instancia, lo que la propia práctica de las cancioneras viene sosteniendo desde hace tiempo: que la música, cuando circula entre cuerpos, territorios y experiencias, nunca es del todo previsible —pero justamente por eso, sigue siendo necesaria.